De alguna manera ella sabía que le volvería a romper el corazón. Estaba tan segura como que se había mojado su alma, la tarde anterior, con aquella lluvia de lágrimas. Pero igual se atrevió insistir.

Ella hacía oídos sordos a los resoples de un cerebro cuerdo, o casi cuerdo, y solo decidió asumir el capricho de un maltrecho corazón. Fue un debate intenso de muchas horas de insomnio que le permitieron tomar ese camino.

En realidad no hizo falta la sapiencia de un sabio o científico en sentimientos para llegar a esa conclusión, a pesar de que sabía que volvería a sufrir.

Resultaba paradójica la situación, pero en fin, pensaba ella, solo se vive una sola vez. Entonces, cuando estaba segura e iba a dar su respuesta, algo o alguien le susurró al oído: ¿acaso importa el aviso?

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