Laura tenía unos ojos tristes, sus pasos eran lentos, pesados y su actitud reflejaba que escondía en su pecho un gran secreto.

Los que pasaban cerca de Laura notaban algo extraño, pero nadie se atrevía a preguntar directamente, solo miradas indiscretas o cuchicheos recibía a su paso.

Y es que ella tenía un extraño objeto que hacía supuestamente función de corazón y que Laura, a pesar de su marcada timidez, tenía la desfachatez de mostrar.

Hasta que un día los comentarios de una chica con “algo” llegó a oídos de las autoridades y fue obligada a ser examinada por varios especialistas: pasó por las manos de médicos, psicoanalistas, físicos, biólogos y hasta por prestigiosos investigadores paranormales.

Pero todo fue en vano, ninguno de ellos pudo encontrar el por qué de ese extraño cuerpo en el pecho de Laura. Así que después de un tiempo dieron por olvidado el asunto de la extraña muchacha rara.

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Aquella tarde Laura decidió sentarse en los bancos del parque por donde pasaba todos los días pero siempre ignoraba. Los pies le pesaban y una sensación de vacío le invadía el cuerpo. Lo mismo de siempre, una y otra vez.

Con su mirada triste observaba el bamboleo de las hierbas acaricidas por el viento y en ese instante quiso ser hierba. En ese momento brotaron lágrimas de sus ojos, no como las de costumbre, fueron tan extrañas como aquel objeto que le ocupaba el pecho.

Entonces sintió una mano que tomó las suyas y una voz suave que le decía que no se preocupara, que todo iba a pasar. Sin darse cuenta un anciano estaba sentado a su lado y la miraba con una dulzura que “sabía” a piedad.

“Sé lo que te pasa Laura, sé qué rareza llevas en el pecho”, se atrevió a afirmar.

“Es una piedra lo que rodea tu hermoso corazón – le dijo con delicada firmeza- por eso los insensibles ojos de los extraños no pudieron dar con la respuesta. Solo han mirado ese objeto y no han sido capaces de observar la tristeza de tu alma”

“No te preocupes, yo te ayudaré, solo tienes que dejar que pase el dolor y sin darte cuenta se romperá esa piedra que a tantos intriga, confía en mí”, le susurró con un beso en la frente de la muchacha.

Ella se dio el lujo de alzar los ojos, llenos de lágrimas, y solo pudo asentir con la cabeza.

“Pero quien eres”, lo interpeló con voz cortada.

“Ya te lo dije antes, pero no comprendiste, solo soy el tiempo”.