Indiscutiblemente fue un adiós, pero no fue ese adiós simple y momentáneo que estaban los dos acostumbrados a darse después de cada pelea. Ella, esta vez, sintió que era definitivo.

El adiós fue seco, cargado de rabia, también de dolor y hasta con una pizca de odio; la dosis de disttancia se compartió para ambos; y ella otra vez, lo sintió definitivo.

Este adiós fue uno de esos que se atraviesan en la garganta, y aunque el tiempo se encargaría de disolverlo, siempre queda ese gusto a amargura que cubre la memoria, pero también el corazón; por eso ella, volvió a sentirlo definitivo.

El adiós fue culpa de él o de ella, no se sabe distinguir, mientras se mezcla cual droga que corre por las venas los deseos de gritar: !no te vayas, no me dejes, no te alejes! Aunque ella sabe perfectamente que ya no hay vuelta a atrás, que ya todo está dicho, y no le queda más remedio que, acostumbrarse, esta vez, a ese adiós definitivo…

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