sombraElla volvió a sentir cómo penetraba en su cuerpo la sombra. Irrespetuosamente, sin pedir autorización, se apoderó poco a poco de su anatomía.

Ella sabía que a partir de ese momento ya no podría moverse a su antojo, que sería una marioneta de aquella “cosa extraña”. La sombra se sentía como en casa, y disfrutaba verla sufrir cada segundo, minutos, horas…

Nadie podía verla excepto ella, así que no valía la pena quejarse, no le creerían. Por ello le tocaba nuevamente la tortura de lidiar con su conocida enemiga o ¿amiga?, ya no sabía cómo definirla.

Al final pasaría el tiempo y la herida tendría que sanar a fuerza de no aguantar tanto dolor. Por el momento, solo le bastaba con arrojar al exterior de sus ojos algunas patéticas lágrimas.

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