“Ace rato que no ablamos”-, me escribía uno de los amigos en el chat de Facebook y casi infartaba al ver los horrores gramaticales con que “adornaba” casi todo el texto de la conversación.

Cómo método correctivo opté por repetirle casi todo lo que ponía correctamente, pero ni modo, los errores corrían como cual río “desbocado” por la afluencia de abundantes aguas estimuladas por lluvias de primavera.

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Y así, como si fuera lo más normal del mundo, los errores pululan en comentarios, informaciones, mensajes… que comparten los usuarios en sus perfiles y en los ajenos.

Sin dudas, el uso las tecnologías, dígase redes sociales, móviles… han contribuido a “enriquecer” la pobreza del lenguaje. Ya sea la premura con la que se comunican las personas o, como otros arguyen, la necesidad de ahorrar palabras con el fin de extender los textos, han influido en la “hospitalización” en las salas intensivas del idioma.

Lo peor es que los jóvenes de estos tiempos, crecen con el alza de la penuria del lenguaje digital. Ahora es una cuestión de práctica e inteligencia recortar las palabras o utilizar algunos símbolos que ni aparecen en los jeroglíficos que utilizaron civilizaciones primitivas para comunicarse.

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Hoy nos inunda un mar de malas prácticas y catástrofes lingüísticas que se van impregnando en el quehacer cotidiano de las personas, incluso de las no tan jóvenes, quienes recibieron una educación despojada del auge de internet. El incremento de este mal va aparejado a la negación del “contacto” personal sustituido por la comunicación detrás de un monitor.

Según expertos los estudiantes no solo maltratan el lenguaje en las redes, también lo trasladan al ejercicio académico, lo cual constituye evidentemente, una amenaza a la vida de éstos como futuros profesionales.

En Cuba, las tecnologías no han llegado a la gran mayoría de la población, como se quisiera, pero una buena parte de la juventud tiene acceso a la telefonía móvil y aplica muchas de las terminologías para comunicarse, por lo que no podemos vernos ajenos a este fenómeno que hoy contamina al mundo.

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Lo cierto es que, es imposible y descabellado luchar contra el desarrollo de la tecnología y las telecomunicaciones, pero ojo, lo que no podemos permitir es que nos contamine esta plaga.

Si hacemos eso estoy segura que Cervantes, esté donde esté lo va a gradecer.

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