Por Lilibeth Alfonso Martínez

Eran casi las nueve de la mañana de este jueves cuando llegamos hasta la casa de La Inagua, en Niceto Pérez, donde desde el domingo último vive temporalmente la familia que ocupaba la vivienda número 719 de Beneficencia entre Narciso López y Jesús del Sol –donde presuntamente se inició el incendio- y que vio perder a sus dos miembros más pequeños.

Adentro, están ellos, algunos trabajadores de servicio y familiares de La Habana, que vinieron tras la tragedia. El ambiente, en ese día recién amanecido, era el de una casa normal, con los trajines propios de esa hora.

Cuando me identifico por fin y empiezo a preguntar, las respuestas van fluyendo. Obtengo declaraciones de Idalmis (de 40 años de edad) y Yordanka (de 41) Dranguet Matute, las madres de las pequeñas fallecidas, y opiniones de otros familiares, testimonios invaluables para profundizar en los hechos del pasado sábado.

Lo primero que les pregunto es qué tienen que decir sobre el apoyo y la solidaridad en una desgracia como la que todavía conmueve a muchas personas.

La primera respuesta, sin dármela, es esa casa que ocupan y algunos medios nuevos que noto acurrucados en las paredes, de modo que no están desamparados.

Pero no obstante, varias cosas les preocupan. “Nos dijeron que íbamos a tener un carro afuera por si mi mamá se descompensa, que nos iban a poner un teléfono, para poder comunicarnos con la familia, y que tendríamos un médico todo el tiempo, pero el que vino solo estuvo dos días, y esto está demasiado alejado”, dicen Idalmis y Yordanka.

Le siguen opiniones sobre el trabajo de los bomberos, el orden público –después del siniestro, denuncian, algunas personas empezaron a llevarse lo poco que les quedó- y agradecimientos a la solidaridad que, en general, han recibido.

Mi segunda pregunta, que lanzo como una sugerencia, busca responder la gran interrogante sobre los sucesos de ese día: ¿Qué pasó con las niñas?

Las madres, primero, concuerdan en que las personas han dicho muchas cosas que no son verdades. “Es muy feo lo que se dice, los que nos reconocen nos cercan para hacernos preguntas, hay gente que nos ofende. Es muy duro”.

Es Idalmis, madre de Loanda, (y de otros 2)  la mayor de las fallecidas, quien nos da la versión familiar de los hechos: “Yo había salido a ver a unos parientes y estaba esperando en Santa Rita y Paseo cuando me doy cuenta de que en la bodega de la esquina están vendiendo yogurt, así que voy a la pública y llamo a Ileana, mi vecina, para que avise en la casa. Así que, cuando sucedió el incendio, las tres (se refiere a la  madre de la otra pequeña fallecida y a su hija de 19 años), estábamos en Paseo y Santa Rita”.

En la casa, me confirma luego Yordanka, se quedaron mi mamá –Justina Matute La Rosa, de 73 años, es la tercera víctima que se menciona pues al momento del siniestro se le subió la presión arterial, tiene problemas de visión, es diabética y aunque camina, lo hace con un poco de dificultad-, y tres niñas, una de siete años, y las dos que murieron”.

Cuando llegaron, todo estaba quemándose. “Y no nos dejaron entrar, queríamos porque era posible entrar por la parte de atrás, pero la gente nos aguantaba”.

Ambas madres, aunque reconocen que las instalaciones eléctricas de la casa no estaban buenas, no concuerdan con  las informaciones preliminares de los peritos en cuanto a las causas del incendio, según las cuales fue un cortocircuito en el interior de la vivienda.

“Cuando el huracán Sandy nos vendieron 50 metros de cables pero todavía no habíamos hecho el montaje”.

Fuente: periódico Venceremos

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