Los padres de Raulito le compraron un equipo de música con más de tres bocinas y él enseguida se dispuso a probarlo.

En un instante su casa se volvió una discoteca con muchachos del barrio y compañeros de escuela, pues había que celebrar la nueva adquisición.

ruido

Los vecinos, después de tres días, cansados de aguantar el insoportable ruido, le reclamaron al joven, pero este ni siquiera se inmutó, por el contrario, respondió con ínfulas de quien hace un gran favor a la sociedad:

“Por qué se quejan si he puesto música variada, desde reguetón hasta casino”.

Muchas personas como él proliferan en nuestros barrios. ¿Cuántas veces hemos despertado sobresaltados en la madrugada a causa del escándalo de vecinos que, después de terminar la fiesta en otro lugar, deciden continuarla en casa, sin importarles la hora ni importarles que quienes les rodean deben trabajar al día siguiente?

O también ¿cuántos de nosotros queriendo dormir un poco más en la mañana del domingo, luego de agotadoras jornadas laborales, somos interrumpidos por el claxon del carro de un chofer impaciente o por reuniones callejeras de “esquina”, en las que algunos individuos hacen gala de sus potentes cuerdas vocales, y no precisamente enalteciendo el idioma?.

Sobran ejemplos de la emisión de ruido a niveles que sobrepasan los decibeles establecidos y que por cierto, no son privativos del sector residencial, pues no es difícil escuchar música a todo volumen en establecimientos estatales a cualquier hora del día o en medios de transporte públicos convertidos en “discotecas” rodantes.

La Ley 81 de 1997 del Medio Ambiente, incluye el precepto 147 que prohíbe verter sustancias, disponer desechos, producir sonidos, ruidos, olores, vibraciones y otros factores físicos que puedan afectar la salud humana o dañar la calidad de vida de la población.

Sin embargo, esta y otras regulaciones como los decretos-ley 200/1999 (contravenciones en materia ambiental), el 141/1988 (normas del orden interior), y la Resolución 4/1991, del Instituto Nacional de la Vivienda (Reglamento General de los edificios multifamiliares), muchas personas las violan con frecuencia, tal vez por desconocimiento, y la mayoría de las veces ni siquiera sienten el rigor y la exigencia de entidades y autoridades que existen para hacer cumplir lo dispuesto en ellas.

A pesar de que la bulla, los escándalos y el ruido pululan en nuestra sociedad, son prácticamente nulas las multas impuestas por esa razón, igual que los decomisos, en el caso de la música alta, de los equipos o aparatos que la reproducen.

Entonces, ¿cómo vamos a exterminar ese mal que nos acongoja? ¿Hasta cuándo va a reinar la impunidad?

El presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, se ha referido en varias ocasiones a los altos niveles de ruido al que somos sometidos a cualquier hora y en cualquier lugar, y a la necesidad de combatir esa indisciplina social. ¿Qué esperamos?

Me atrevo a asegurar que todavía no se percibe el cambio que se requiere en un tema cuya solución no debe ser tan engorrosa como la de otros más complejos y controversiales.

Los niveles sonoros elevados no sólo interrumpen la tranquilidad de quien quiere leer, ver la televisión, conversar o simplemente irse a la cama, sino también afectan la salud.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud da cuenta de que, entre otros padecimientos, el ruido puede provocar insomnio, migraña, irritación, crisis cardiaca, y que las personas sometidas a altos volúmenes están propensas a adquirir tinninus o acúfenos, es decir, oír murmullos sin que se emitan.

Por tanto, además de los responsables de hacer respetar y cumplir lo establecido, otros actores de la sociedad también deben participar en el combate por minimizar la contaminación acústica.

Las organizaciones de masa, la escuela y las instituciones de salud deben continuar divulgando los perjuicios que ocasiona el ruido por encima de los niveles permisibles, sin excluir de esa labor preventiva a la familia, que a veces consiente que algunos de sus integrantes molesten con “bulla” a lo vecinos.

Todos sin excepción debemos tener en cuenta que respetar la tranquilidad de quienes nos rodean más que un acto de educación, es un deber social.

 

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