Estas líneas debían aparecer desde ayer, pero por falta de tiempo, inspiración o qué sé yo, hoy las comparto. Supongo que lo importante es que aparezcan las ideas y no se queden en ese laberinto que puede ser el cerebro de cualquier ser humano.

Pero no voy a hacer catarsis sobre ideas, pensamientos o alguna noticia que se esparce por ahí, sino para hablar de una de las deidades que veneramos los cubanos, y que, por tanto, forma parte de nuestra idiosincrasia, tradiciones, cultura… Es parte de ese ajiaco al que se refería Fernando Ortiz, y que se expresa, entre otras maneras, en la santería cubana.

Ayer 4 de diciembre se celebró el día de Changó que se sincretizó con Santa Bárbara de acuerdo con el santoral católico. La historia de esta santa se remonta al siglo III, pero para que los lectores de este blog queden ubicados en la historia de esa deidad comparto con ustedes las especificidades publicadas en un artículo en la revista cubana La Jiribilla.

Santa Bárbara

Santa Bárbara nació en Ismidt-Ismir, en la Turquía asiática, con límites en el Mar Negro.  Antiguamente, esta ciudad era llamada Nicomedia, capital de la provincia de Bitinia.  El nacimiento de Bárbara se sitúa en el siglo III, bajo el reinado de Maximino.

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Su padre, Dióscoro, era militar de carrera, un señor rico y poderoso, de carácter orgulloso y brutal, duro y difícil.  Su madre, Repe, de origen judío, en casi todos los relatos siempre permanece en el anonimato.

Muy celoso de la belleza de su hija, pretendida por numerosos nobles de la ciudad, debiendo partir para la guerra, con el objetivo de protegerla de la vista de los hombres y de los que podían llevarla hacia el cristianismo ―el padre―, le hizo construir una torre a Bárbara, donde la encerró apenas con nueve años de edad.  Allí vivía la doncella rodeada de todo tipo de comodidades y hasta lujos, de acuerdo con su rango social.

Al pie de la torre, para distracción de la joven, se construyó, por expreso mandato de su padre, una especie de poceta o piscina con dos grandes ventanas, de forma que siempre la luz del sol entrara y la joven gozara de este privilegio.

El padre dio a la hija maestros muy afamados con quienes aprendió a los más célebres poetas, filósofos, historiadores y oradores de la época.  Dotada de gran inteligencia, pronto la joven se percató de la falsedad de la doctrina pagana y sus deidades.  Acuciada por los dislumbres de su fe, halló el medio para hacer llegar un mensaje al sabio católico Orígenes.  Unos dicen que la propia Bárbara logró traer con múltiples astucias al propio sabio hasta su encierro.  Otros relatos afirman que, al recibir el mensaje, el insigne doctor de la ciudad de Alejandría, le envía a la joven un discípulo suyo llamado Valencio, el cual tenía grandes dotes profesorales, quien fue recibido en el castillo con honores y atenciones sin que los familiares de Bárbara los estorbasen en lo más mínimo por considerarlo como a médico venido del extranjero para cuidarla.

Así, con gran júbilo para la joven, pudo comenzar su instrucción con libros sagrados de la fe cristiana.  Algunos relatan que la joven fue bautizada por el propio Orígenes; otros estiman que el propio discípulo de Orígenes la bautizó.  La tradición cristiana afirma que el bautizo ocurrió en circunstancias milagrosas.  Estando ella de rodillas y en actitud de oración, brotó ante sí una fuente que se dividió en cuatro, en forma de cruz.  Entonces se le apareció San Juan Bautista quien la bautizó como anteriormente lo había hecho a los judíos en el río Jordán.  En medio de esta intensa luz, el propio Jesucristo le habló, entregándole una palma y un anillo.  Dícese que cuantos visitaban con posterioridad aquella fuente, lograron para sí curación a sus dolencias.

El padre, Dióscoro, se hallaba en país lejano a cargo de una expedición militar encomendada por el Emperador; entretanto, Bárbara, en medio de su fervor cristiano, mandó a unos albañiles a que abriesen una tercera ventana en la torre para así honrar con su amor a la Santísima Trinidad y tener la representación de las tres divinas personas en su vida cotidiana.  Se cuenta que la joven, en gran acto de fe, trazó con su pulgar en un mármol de la torre la señal de la cruz, y esta allí se quedó grabada.

Al regresar el padre y ver las transformaciones ocurridas en su ausencia, se presentó ante la joven y la instó a que confesara el porqué de ese cambio en ella.  La bella muchacha se confesó cristiana y, de una forma erudita, relató al padre los errores del paganismo y lo verdadero de la fe en Cristo, representada en la Trinidad (Dios Padre, Dios Hijo y Espíritu Santo), única fuente de verdadera luz.

Dióscoro trataba por todos los medios que su hija retornase al paganismo, mas Bárbara, que defendía su virginidad, argumentaba que estaba desposada en forma mística con Cristo y que ninguna riqueza ni matrimonio terrenal eran comparables a la dicha que le esperaba en el reino de los cielos.  Al ver la obstinación de su hija y lleno de temor de que llegase a oídos del César que su hija era cristiana, lo cual lo exponía a caer en desgracia, perder su cuantiosa fortuna y su fuero de nobleza, el padre transformó su amor de fiero león hacia su hija, en odio y venganza.

Entonces, desenvainó la espada y de modo brusco se lanzó contra la joven, la cual en esta ocasión logró escapar; estuvo escondida en un peñasco y se retiró a un monte, ocultándose en la maleza; en su incansable y fiera búsqueda, Dióscoro dio con dos pastores, uno de los cuales le informó cómo hallarla.  El padre la encontró y, luego de martirizarla, la encerró bajo vigilancia en una pequeña casa a las afueras de la ciudad para ejecutar en ella los tormentos que le ordenase el tirano pretor Marciano, quien en aquella provincia representaba al César.

La bella joven es entregada a la justicia y comienza la relación de sus martirios.  Fue juzgada según las leyes entonces establecidas.  No obstante, el pretor, al ver a una joven tan delicada y bella, trató por todos los medios de disuadirla, quizás por compasión, contra lo que él llamaba superstición.  La joven se negó a ser persuadida por el pretor Marciano, por lo que fue amenazada con innumerables suplicios: entonces fue despojada de sus vestiduras y azotada durante tres días; la acostaban sobre vidrio roto y sobre las puntas de las lanzas; abrieron sus llagas con sal y vinagre y, totalmente desfallecida, fue tirada en un oscuro calabozo.

La tradición cristiana dice que Jesús, viendo a Bárbara en medio de sus sufrimientos, se le apareció a la joven y le limpió sus heridas, la cuidó con esmero y le dio fuerzas para resistir con su fe, cualquier nuevo suplicio que le fuera impuesto.  A los pocos días, la muchacha fue de nuevo llevada ante el pretor Marciano, el que quedó asombrado al verla robusta y llena de fuerzas.  Bárbara le explicó que esto no era obra de los dioses paganos, construidos por el hombre; su recuperación era obra del único y verdadero Dios.

Furioso, Marciano, mandó a colgarla por los pies y a rasgar sus costados con dos garfios de hierro y quemárselos con antorchas encendidas.  Ella sonreía en medio de estos martirios; entonces, enfurecido, el tirano mandó que le golpeasen a la joven la cabeza con grandes martillos; los desenfrenados excesos llegaron a arrancarle sus dos pechos con tenazas, más ella continuaba sonriendo.  La humillaron ante el pueblo y la expusieron desnuda por toda la ciudad, pegándole latigazos.  Bárbara, no obstante, llevaba firme su oración al cielo.  En ese momento se dice que una luz dejó sin visión a cuantos presenciaban tan cruel espectáculo.

Al ver a Bárbara con tanta fortaleza física y de ánimo, el pretor Marciano ordenó entonces la pena de muerte; se le debía cortar la cabeza a la muchacha.  Dióscoro en vez de conmoverse, endureció el corazón y reclamó para sí el triste papel de verdugo: “Yo soy el padre ―dijo― y no quiero que muera de otras manos más que de las mías.”  Cansado de la sencillez con que la joven recibía su suplicio, le hizo arrodillarse y, de un solo golpe, la degolló; antes, Santa Bárbara pedía y oraba por todos los que la habían hecho sufrir. Santa Bárbara consigue la palma del martirio, cuando el verdugo es su propio padre.

Cuando se retiraba de aquel lugar, luego de cometer semejante crimen, inesperadamente, desde el cielo sereno y sin nubes, la centella de un rayo hirió de muerte a Dióscoro al volver a su casa, y al pretor Marciano en su propio tribunal.  Las fuentes sitúan el martirio de la gloriosa santa, el 4 de diciembre de 238, apenas comenzada su adolescencia.

A Santa Bárbara se la representa vestida de blanco con un manto rojo.  El color rojo en la liturgia de la Iglesia Católica significa el martirio y el amor encendido.  El amor a Cristo está representado en la Sagrada Hostia y en el Cáliz; el martirio, por las palmas; la torre, más que la prisión simboliza en sí a la Trinidad, honrada por la santa en las tres ventanas de la torre; la espada es el arma con que recibió el martirio.  A Santa Bárbara a veces se la representa junto a un cañón.

Es patrona de los mineros, de los artilleros, de todos aquellos que quieren verse libres del peligro de truenos y centellas.  También le ofrecen su devoción cuantos trabajan con explosivos y, por extensión, los bomberos, los cocineros, los albañiles, fundidores, ingenieros, clérigos, campaneros, canteros, arquitectos y constructores.  Santa Bárbara es, además, patrona de los marineros y de sus naves, de los carniceros, los enterradores y los artesanos; protege a las doncellas cristianas; es patrona de los estudiantes, también de algunos colegios y librerías.

La devoción a Santa Bárbara, muy difundida por toda Europa se observa en bellas obras de arte conservadas en diferentes sitios.  Entre las pinturas famosas de Santa Bárbara están las de Botticelli (Museo de Lucca); Memling (Hospital de San Juan, Brujas); Burgkmair (Museo del Emperador Federico, Berlín); autor desconocido (Museo de Huesca) la Santa Bárbara de Jacobo de Barbari (Galería Real de Dresde), la Santa Bárbara, de la Abadía de Westminster, Londres y nuestros René Portocarrero, Manuel Mendive, Zayda del Río, entre otros. También la devoción a Santa Bárbara ha inspirado diversas obras literarias

CHANGÓ

Changó tiene un hacha de rayos

y multiplica la furia de vivir

que muerde los fantasmas de los días rotos.

Changó es un orisha o deidad mayor.  Es dios del fuego, del rayo, del trueno, de la guerra, de los ilú-batá, del baile, la música y la belleza viril.  Es patrón de los guerreros y los artilleros.  Este orisha es hijo de Ibaíbo y de Yemmú.  Lo cuidó Obañeñe (Bayoni) o Dadá; se dice que también pudo estar al cuidado de Yemayá Konlá, Aggayú Solá u Obatalá-Ibaíbo.

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A Changó se le atribuyen muchas virtudes y defectos de los hombres.  Es buen trabajador, muy valiente, amigo digno de apreciar, adivino; también es algo mentiroso, mujeriego, en algunas ocasiones, pendenciero, jactancioso y jugador.  Como padre se ocupa del hijo mientras éste le obedece, mas no lo admite cobarde.  Los Ibeyis son sus hijos.  Changó posee también innumerables amantes; ello no le impide tener sus propias mujeres: Oyá, Obba Yurú y Ochún.

A veces se le representa a caballo como un soldado.  El caballo del orisha, su compañero inseparable, es Esinlo o Erinlo.

En la tierra Yoruba, Nigeria, esta deidad era Rey de la ciudad de Oyó; se dice que cometió suicidio y, a partir de entonces, se convirtió en orisha. Existen diversas leyendas o pattakíes que refieren la historia de Changó.

Uno de ellos narra que Aggayú, dueño del río, tuvo amores con Yemayá, de los cuales nació Changó.  Pero como Yemayá rechazó al hijo, éste fue acogido y criado por Obbatalá.  Al reconocerlo como hijo, le colgó un collar rojo y blanco.  Dijo entonces que sería rey del mundo, y le construyó un castillo.  Al poco tiempo, el orisha bajó al Congo; allí se conoció a Changó por Pungun Nsasi; al pasar los años, se convirtió en un muchacho muy  revoltoso y juguetón, de tal manera, que Madre de Agua Kalunga se vio obligada a expulsarlo de allí.

Entonces Changó, con su pilón, tomó su tablero y su castillo, con los cuales había descendido del cielo, y se encaminó hacia el destierro.  Luego de mucho andar y recorrer diversas tierras, se encontró con Orula; le entregó a este el tablero porque vio que el sabio era hombre de respeto y se lo iba a cuidar.  A partir de entonces, Orula se convirtió en el gran awó o sacerdote, el sabio adivino, consejero de hombres y Orishas.

En ese momento, Olofi, Dios Supremo, el creador de hombres y Orishas, de la Tierra, o sea, de todo cuanto existe, al ver el estado anímico de Changó, enfadado, lo mandó a buscar.  Entonces Olofi se fue a registrar con Orula y le salió el oddun Okana-Wori, que dice: “El problema del menor con el mayor, surge de la majadería del primero respecto al segundo.”

Orula recomendó a Olofi que pusiera en la puerta del castillo de Changó, el ebbó o trabajo que le había mandado a realizar.  A la siguiente mañana, Changó se encolerizó al ver el ebbó; de inmediato fue a visitar a Olofi.  Como su ira era tremenda, sus ojos echaban candela y chispas; por poco llega a faltar el respeto a Olofi, el creador.  Este último, cuando comprendió que se excedía con Changó, y para que no pensase que lo maltrataba o lo tenía a menos, le explicó que su actitud correspondía a que lo había querido probar.  Ya entonces se había percatado el Creador de que Changó era una persona prudente y respetuosa.

Otro relato narra cómo Changó se escondía de la ira de Oggún, que por aquel entonces mantenía relaciones  con Oyá.

Changó desafiaba a Oggún al convertir a Oyá en su mujer.  Estando el amante Changó en casa de Oyá, dueña de las centellas y los temporales, de pronto, enterado, se apareció Oggún; rodeó la casa con un ejército formado por todo tipo de armas hechas en su fragua; interpelaba bruscamente a Changó a que saliera y le enfrentase batalla.

Oyá, muy respetada y querida en su pueblo, y bajo la influencia de su amor por Changó, se cortó sus largas trenzas; se quitó también su saya de nueve colores y su pañuelo.  Vistió a Changó con todo esto.  Luego abrió la puerta de su casa y Changó, vestido con la indumentaria de su amante, se abrió paso entre la multitud, imitando el majestuoso paso de Oyá.  Vestido así, logró escapar de la ira a manos de Oggún, su eterno rival en el amor.

Sería demasiado extenso narrar las múltiples facetas de la vida de Changó, quien también recibe diversos títulos acorde con estas facetas.  Así, por ejemplo, Obba Lube, es Changó cuando está con Obba, su legítima mujer; Obbara es el Changó pobre, andrajoso, acusado de mentiroso; se le denomina Obbaña cuando es el rey de los Ilú-Batá; Changó Eyée, es el guerrero que echa fuego, deja caer rayos y lo envuelve todo de humo. Changó Alaye y Changó Elueke es el que se presenta con el hacha bipene, en el momento que recibe el aché de Osain; Obba Koso es el Changó rey, que se ahorcó y que tiene su casa en la palma, su trono; es el negro prieto bien parecido que se viste de ropa punzó.

Changó Olufina es el de la ceiba, compadre de Oggún; Alafi Alafi es el Changó rey de reyes, cuyo reino está en Oyó, ciudad del país de los yoruba. Así, sucesivamente, este orisha es capaz de resumir en sí todas las virtudes y defectos; recibe muchos nombres de acuerdo con sus distintas manifestaciones; también, según las diversas tierras por las que ha pasado este orisha, tan popular y controvertido de nuestro panteón afrocubano.

Changó llega a Cuba y a América en los barcos negreros que transportaban grandes cargamentos de esclavos para trabajar en las plantaciones del nuevo continente.  Con los esclavos vino Changó, su culto, sus relatos, su vitalidad y colorido; a partir de entonces, el culto a esta deidad se iba transmitiendo en tierra americana de padres a hijos a través de la memoria oral, fue así como se asentó en nuestra tierra cubana.

 

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