Por Leticia Martínez Hernández

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Recuerdo que todas las noches había que esperar hasta el último miembro de mi familia para sentarnos a la mesa. Podían retorcerse nuestros estómagos que mi mamá, como generala frente a un ejército, ponía cerca eléctrica alrededor de los alimentos mientras no estuviéramos todos. Era como si comer trascendiera el hecho común de alimentarnos, de saciarnos el hambre. Y aquella era la hora, también, de contarnos, reírnos y regañarnos.

Por aquel entonces lo creía un capricho de la “jefa del hogar”. Me molestaba, le restaba importancia. Las pocas cuartas que levantaba del piso no permitían mirar más allá. Ahora, cuando los papeles cambian y me convertí en la que pone la mesa, pienso en los instantes vividos en familia, esos que, como ficha de dominó, una detrás de la otra, van construyéndonos como seres humanos.

Cuando en estos días Cuba se pregunta los por qué de sus indisciplinas, encuentro casi todas las respuestas en el espacio fecundo del hogar. Es ahí donde nos salvamos también como sociedad, o por el contrario, encallamos entre las piedras de los malos patrones. Y es que lo elemental se aprende en casa.

Pongamos algunos ejemplos. Todos criticamos a quienes en las guaguas no dan el asiento a un anciano o a una mujer. Y me pregunto cuántas veces se pone en el centro de la espiral hogareña al niño, a pesar de las urgencias de otros, entre ellos los abuelos. Acomodamos a los más pequeños a costa de dejar a los demás la peor cama, el asiento más incómodo, la ración de comida menos favorecida. Así vamos germinando el egoísmo y el criterio de que “los otros se las arreglen como puedan”. Entonces la sensibilidad ante los problemas ajenos muere casi antes de nacer.

En el colimador de las críticas están también las faltas de respeto, la mala educación y la pérdida de buenos modales. Pero, ¿por qué nos parecen graciosas las malas palabras que comienzan a “mal decir” los casi bebés? ¿Quiénes, sino nosotros, se hacen cómplices de la música alta que ponen nuestros hijos? ¿Cuántas veces les dedicamos a ellos un “buenos días” a la hora de levantarlos?

¿Por qué les permitimos que agarren mal los cubiertos o hablen con la boca llena de alimentos? ¿Cuántas veces les ponemos horarios con el fin de disciplinar sus vidas y de paso dedicar el tiempo necesario para el descanso, el juego, las tareas escolares, los deberes hogareños? ¿Cuántas veces dejamos que interrumpan las conversaciones sin ni siquiera reprochárselos?

Es cierto que los tiempos son otros y que aquella frase de que “los niños hablan cuando las gallinas orinan” está destinada al ocaso porque coarta la necesidad de expresión. Sin embargo, lo básico perdura. Y cuando hablo de básico me aferro a la obediencia, a hacerles saber a nuestros hijos cuáles son sus espacios, a no fertilizar la insolencia, a enseñarlos cómo hacer valer sus criterios desde el respeto, a regañarlos, aunque nos duela, cuando cometan errores porque la vida puertas afueras es mucho más dura.

Se reprende el mal uso del uniforme y la vestimenta inapropiada de manera general. Pero, ¿de dónde salen mal uniformados los muchachos? ¿Quiénes les ajustan o les recortan las prendas escolares al punto casi de la asfixia? Además, se habla del fraude escolar, sin embargo está comprobado que casi siempre son los padres quienes abren los bolsillos para pagar el “examen extraviado”. ¿Qué les estamos enseñando entonces?

Se fustiga la falta de honestidad, no obstante algunos progenitores se vuelven cómplices del certificado médico falso para no ir a la escuela al campo o faltar a las clases. Y qué decir de aquellos que justifican los malos comportamientos de sus retoños y les aconsejan no hacer caso a las reprimendas de los maestros, restándole así autoridad a quien debiera ser el complemento perfecto para la educación conjunta entre la familia y la escuela.

La lista pudiera ser larga. Basta mirar lo que sucede en el espacio íntimo del hogar para cambiar realidades que no deseamos. El primer paso para empezar este largo camino de salvar el orden en nuestro archipiélago debe darse allí, de nada servirán las estrategias que obvien el principal escenario de la vida: la familia, esa cofradía que ha olvidado en no pocos casos dialogar con su prole, quizá por falta de tiempo, por dejadez o esperando erróneamente que otros se encarguen.

Los buenos ejemplos nacen en el hogar, en el diario vivir, en cada uno de los minutos que vivamos al lado de nuestros hijos. No hace falta una cátedra ni ensayar una lección para enseñarles. Basta convertirnos en el espejo donde ellos puedan mirarse y saberse también buenas personas. De eso se trata, de empezar por casa.

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