Por Yaneysi Nolazco Rivera

desconocido

De él nunca supe su nombre, sólo sé que desde pequeña me llamó la atención: siempre callado, reservado, como si guardara muchos secretos, decía yo. Creo que simplemente vivía su mundo, y yo, aunque apenas lo conocía, estaba inquieta por saber qué le pasaba por la mente. Sin embargo, jamás tuve valor para acercarme.

Recuerdo que nunca lo vi jugar. No mostraba interés por las bolas, los papalotes o los carritos, aunque tampoco se decidía por las muñecas. Aún así, todos sabían que era raro, incluso yo en algún momento lo vi así, pero no era aquel niño que es raro porque disfruta estar apartado, o que simplemente quiere escapar de lo común. No. Él tenía su manera de ser especial, diferente, y era todo lo que le importaba.

En esa época vivía lo que los psicólogos llaman etapa de autoreconocimiento o negación, esa en la que luchan contra lo que les brota desde dentro.

Yo por mi parte, confieso que de no haber ido a la universidad y prestarle atención a la profe de esa materia, nunca lo hubiese comprendido. Antes de eso, solía decir al igual que el resto de la gente, que era un reprimido, o que era una desfachatez y una falta de respeto “descartarse”, después de haber sido el más macho, o haber formado una familia, como ha pasado con muchos casos. Aún tengo mis reservas sobre lo último.

Otra cosa que también sé muy bien es que muchos ni siquiera rebasan ese periodo, y prefieren estar “atapiña´os” llevando doble vida para estar bien con el mundo, como si no les importara ni consideraran a la persona que tienen a su lado. Eso, menos lo admito.

Pero con él no fue así. Él logró descubrirse, y al parecer, encontrarse a sí mismo no le desagradó. Supongo que finalmente halló su camino, y decidió seguir a su corazón sin pensar ni temer los comentarios y miradas de los demás, como había sido hasta ese momento.

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Desde entonces prefirió sentirse ella y no él, llevar un novio a casa, sentarse en el parque, caminar sin miedo, en ocasiones tomados de las manos, como una pareja hetero, aunque actuando con mesura, sin caer en la depravación. Yo me alegré por él, aun cuando no era ni una conocida ni su amiga.

Sin embargo, en casa no todo era alegría. Su padre nunca aceptó que su único hijo, su varón, sustituyera el lugar de la hermanita que no tuvo. Siempre lo aborrecía, no podía pronunciar su nombre, le repugnaba sólo de  escuchar su voz, verlo andar con chicos y chicas como él, y lo odiaba por exponerse de esa manera delante de sus socios.

Las peleas entre la madre y el padre por él eran recurrentes, e imagino que entre tanta violencia muchos veces se ganó algunos golpes. Cuando podía se escabullía, atravesaba la puerta y por al menos algunas horas, se olvidaba de todo.

Pensaba él que en los últimos tiempos corría con suerte, lo que no sospechó fue que su propio progenitor, por muy decepcionado que estuviera, tendría el valor de atentar contra su vida, y así fue. El día que ocurrió todo fue rápido, no tuvo tiempo de reaccionar, llegó a casa y justo allí, en un abrir y cerrar de ojos, sintió desmembrarse uno de sus brazos.

El padre no hizo ningún tipo de resistencia cuando llegó la policía, tenía una fría mirada, como de satisfacción por lo que hizo, como si de esa manera pusiera fin a la peor vergüenza de toda su vida.

Del muchacho no supe más nada, todavía no sé si pudieron salvarlo. La última imagen suya que tengo es la de una parte de su cuerpo mutilada y ensangrentada, aunque prefiero recordarlo como aquel inocente y callado niño, ese cuyo nombre aún desconozco, alguien que me hubiese encantado conocer.

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Tomado del Blog Desde este lado de la Isla

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