A Nicolás Trujillo Matos, corrector de prensa, autodidacta, quisquilloso en su trabajo, galante en la vida personal, seductor en sus buenos tiempos, hombre gentil, humano…

Por Yisell Rodríguez Milán

Nicolás Trujillo ( pullover a rayas), trabajó como corrector en el periódico Venceremos durante 40 años.

Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) – Ayer (martes 4 de junio de 2013) , en la noche, se me murió un amigo. No era un amigo de mi edad, de esos que uno elige porque son contemporáneos, tampoco era uno de los de confidencias, ni de la infancia. Ni un amigo que es amigo de mis padres o de los amigos de mis padres. Era un amigo elegido, de esos con los que te topas pocas veces en la vida y que llamas así, amigo, no porque te cuente secretos sino porque lo sientes cercano aunque sea viejo, tenga tantas canas como permiten sus casi 70 años, manías incorregibles, nostalgias incomprensibles, y le tienes cariño, y lo respetas, y de verdad te hubiese gustado que hubiese sido tu amigo desde antes… o por mucho más tiempo.

Se llamaba, hasta ayer, Nicolás. Pero yo le decía y siempre le diré Truji, por su apellido y su carisma, y el me decía “titi” (a mí y a todas las jovencitas). Ahora que lo pienso se me fue debiéndole una entrevista: porque él era el corrector de prensa más antiguo del Venceremos hasta que se jubiló hace unos meses.

A mí me gustaba que Trujillo revisara mis textos de reportera en ciernes. A otros no. Él podía llegar a ser extremadamente quisquilloso con las correcciones gramaticales y tenía sus vicios: si encontraba una frase “oscura” no buscaba aclararla sino que la eliminaba, si una palabra estaba mal empleada la cambiaba sin preguntar, quitaba líneas del final de una información sin colegiar con el reportero porque decía que “la pirámide invertida hay que respetarla” y “siempre sobran palabras”.

Tranquilo y con un cigarrillo o un lapicero de tinta roja en las manos, lo recordaré. Haré lo mismo con sus consejos de 40 años de experiencia (desde 1972) en la prensa cubana. Espero que los demás también lo hagan, en especial porque Trujillo forma parte de la historia humana de ese semanario rojo y negro, y también porque a muchos de los que por allí pasaron les sirvió de maestro, de amigo, de fuente de información y de alegrías, de ejemplo de perseverancia y autosuperación. Porque al Truji nadie lo enseñó a corregir, así como tampoco le enseñaron a ser un hombre bueno, y lo era.

Dicen que padecía de cáncer, esa mala enfermedad que le carcome a uno todo menos los buenos sentimientos, y que falleció de un paro respiratorio uno o dos días después de una intervención quirúrgica. Pero a mí, que me enteré por el chat de Facebook de su muerte, me parece que todo es mentira… aunque sepa que es verdad.  Todavía me parece que, a lo mejor, cuando regrese a Guantánamo, me lo toparé en alguna guagua.

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