Solo lo vi una vez y en esa única oportunidad, mis pies desnudos pudieron deslizarse por él, mis manos tocar sus paredes y mis ojos admirar desde la grandeza de su altura el horizonte e incluso otra tierra.

Desde que acercaba mi corazón se aceleraba y las ansias de vivir esa experiencia ocupaban toda mi atención. ¿Cómo sería? ¿Mi vista sería tan aguda como águila para apreciarlo todo?

Al fin llegué a sus pies y los míos se despojaron de zapatos para no dañarlo ni ensuciar con polvo del camino sus pulcros pasadizos. Fui ascendiendo lentamente para no descuidar ningún detalle y al mismo tiempo iba escuchando la historia que guardan sus paredes.

El recorrido terminó en la cima y desde allí el mar se imponía, incluso entre las nubes podían verse montañas de otra tierra. También pude observar de cerca la luminaria que guía a las embarcaciones y garantizan su llegada a puerto seguro.

Estuve un tiempo así, absorta, disfrutando del paisaje, del viento, del olor a mar, de la vida…

Cuando bajé mis piernas temblaban, creo que fue por la poca costumbre de descender tantas escaleras o por el medio a resbalar y caer. En la bajada pude acariciar nuevamente sus paredes y a pesar de la mágica experiencia en la cumbre di gracias por estar nuevamente en tierra “firme” y volví a observarlo, desde allí, majestuoso.

Ayer cumplió 150 años de haber emitido por primera vez su señal lumínica y al recordarlo hoy volví a vivir mi experiencia con  el faro de la Punta de Maisí.

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