La muchacha siente que el viento le besa el rostro y es como si corriera entre las nubes, a pesar de que sus desnudos pies rozan la hierba del campo, donde se entretejen flores amarillas, rojas, blancas que sobresalen entre el verdor que inunda su vista.
El cabello danza al compás del viento, con el ritmo que marca ese señor majadero que se toma la atribución de mover las hojas de los árboles, dirigir a un papalote y hasta a besar el rostro de las personas sin importarle raza, credo o posición social.
Así corre, salta, baila y se enamora del paisaje la muchacha de blanco, no tiene obstáculo que frenen su paso ni la felicidad que la inunda el avanzar en un camino del que se siente dueña.
Las vueltas la marean, cae al suelo y al ritmo de su cuerpo se siente una estruendosa risa que resuena como un eco en el espacio y llenaría de envidia a cualquier resentido con la vida.
Finalmente agitada de tanto andar se para, se ha acabado el sendero y mira atrás para rememorar su recorrido, extasiada y orgullosa de que se ha sentido libre, aunque sólo fuera por unos minutos.

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