La gente ya está reunida, prevale el color blanco de sus ropas y las mujeres llevan sendos pañuelos de igual color que esconden sus cabellos (lacios, rizados, con canas o sin ellas).
La convocatoria se hizo con antelación para que todos asistieran al toque en honor a San Lázaro, el santo de leprosos, al que se le pone dinero, pidiéndole que te mande mucho más, al que se le pagan trabajos de limpieza y al que consideran cobrón, por ello si le haces una promesa no puedes olvidar dejar de cumplirla.
El altar es de una extrema belleza y hasta los escépticos, porque según un compañero de trabajo no existen los ateos, se asoman sigilosos para curiosear o para recalcar una frase muy escuchada: “ya habían tardado mucho para estar con la brujería”.
De repente comienzan palmas a golpear con fuerza los tambores batá (me han dicho que esa es la terminología) y los cánticos a babalú ayé se escuchan más allá de la cuadra. ¡Es increíble cómo tantas personas los conocen del pi al pa!
El sudor corre por las caras de los tocadores, moja los instrumentos. También los demás sudan: los que hacen de coro y los cantantes guías.
Es una sala relativamente grande, pero queda chica para tanto público, enseguida se comienzan a “montar” aquellos que tiene media unidad, los que son capaces de sentir existencias del más allá. Aquellos que son dominados como títeres sin voluntad al antojo de los que “viven” en el reino de IKÚ.
Siguen los cantos se entusiasma la gente y yo me confundo entre ellos, cerca de los tambores y de los cantantes, se me pone la piel de gallina, es la primera vez que participo en una de estas ceremonias religiosas. A pesar de nacer y criarme frente a esa casa, en la que darle un toque a San Lázaro es una obligación y tradición de la dueña.
Entré por curiosidad porque en esos eventos, según he oído, las puertas están abiertas para todos, menos para los que se empeñan en “cortar” la corriente, la cual debe fluir para que entren los espíritus del “más allá”.
Comienzo en un instante a sentir algo que raro, la guía de la ceremonia (la santera) me toma por las manos, no sé si para santiguarme con la intención de alejar los malos espíritus que puedan llevarme a dar malos pasos o para seguir pasos técnicos de la ceremonia.
De repente timonea mi cuerpo otro piloto, la vista se nubla, todo parece lejano e inalcanzable, caigo al piso sin control, pataleo, me levantan y me quitan ese/esa que entró sin permiso.

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